Contabilidad para la DIAN o contabilidad para decidir
Nota de El Financiero, publicada el .
Toda empresa colombiana tiene que cumplirle a la DIAN, y eso no está en discusión. El problema
aparece cuando la contabilidad se arma solo para ese fin: las cuentas quedan agrupadas de forma
que satisfacen la norma pero no revelan el negocio. Reclasificar esas cuentas según el modelo de
negocio es lo que las vuelve legibles para el dueño, y es el trabajo que hacemos en El
Financiero.
Habitualmente la contabilidad está hecha para cumplir requisitos tributarios. No es que esté mal
llevada: está hecha con otro propósito, y ese propósito no incluye responderle al dueño cuánto
gana, con qué producto, y qué tan cerca está de un problema de caja.
¿Qué significa una contabilidad hecha para la DIAN?
Significa que las decisiones de registro se toman pensando en la declaración, no en la operación.
Se agrupan cuentas para simplificar el cierre, se clasifican partidas por costumbre, se busca que
el resultado fiscal quede en un punto conveniente. Todo eso puede ser formalmente correcto y aun
así dejar al dueño ciego respecto de su propio negocio.
La crítica aquí es al uso, no a la institución. La DIAN cumple su función y la obligación
tributaria no es opcional. Lo cuestionable es otra cosa: que una empresa tenga un solo juego de
información y que ese juego esté diseñado para un tercero, no para quien toma las decisiones. Es la
convicción de fondo: los números tienen que servir para decidir, no para esconder.
La escena de las pérdidas fabricadas
Julián Boada fue director financiero de una empresa que, para no pagar impuesto de renta, pasaba
cuentas de cobro enormes todos los años por consejo del contador. Sobre el papel, la empresa daba
pérdida, aunque operaba y facturaba. Una contabilidad armada así deja de responder una pregunta de
base: cuánto gana la empresa de verdad.
Lo que vino después es corto y no necesita adorno: cuando llegó el momento difícil, no había
capacidad de endeudamiento.
Una decisión contable disfrazada de estrategia.
El orden contrario también aparece en nuestro trabajo, y es el que importa: primero la
contabilidad queda bien clasificada, después cambia lo que los terceros leen de la empresa. El caso
de la socia de estudios de mercado muestra qué cambia cuando las cuentas quedan bien clasificadas: de girarse lo que sobraba a salario y cupo de crédito.
La pregunta que desnuda el problema: ¿cuál es su margen bruto?
Hemos encontrado empresas donde todo estaba clasificado como gasto en la cuenta 5, sin
cuentas de costo. Con ese registro, la contabilidad puede estar presentada, las declaraciones al
día y el contador tranquilo. Pero hay una pregunta que no tiene respuesta posible: cómo evalúa su
margen bruto un dueño si en sus libros todo es gasto y nada es costo.
Sin esa separación, la empresa no sabe cuánto le cuesta producir lo que vende. Y sin eso no puede
saber si un producto deja plata o la consume, si un precio está bien puesto, si un descuento se
puede dar, ni cuánto tiene que vender un vendedor nuevo para pagarse. Toda la conversación
financiera se cae porque falta el dato de base.
Ahí entra lo que llamamos traducir: dedicamos tiempo a entender el modelo de negocio del cliente y
convertimos la cuenta 71 en costo de producción, en materiales, en algo que el dueño puede
leer. Esto no es contra el contador: es quien decide a qué cuenta va cada cosa, y su trabajo es
pensar en clave contable, fiscal y tributaria, no estratégica y financiera.
Cinco señales de que su contabilidad no está hecha para decidir
Todo está en la cuenta 5 y no hay cuentas de costo
Si cada erogación se registra como gasto y no existe la separación entre costo y gasto, no hay forma de calcular el margen bruto de nada.
Los bancos no están conciliados
Cuando la conciliación bancaria lleva meses sin hacerse, ningún saldo del sistema es confiable, ni siquiera el de caja.
Aparecen cuentas puente para cuadrar el cierre
Las partidas que se mueven a una cuenta transitoria para que el cierre cuadre esconden diferencias que nadie volvió a mirar.
Los estados financieros solo se miran en marzo
Si la contabilidad solo se revisa para la declaración de renta, es porque nadie la está usando para operar.
El dueño no reconoce su negocio en sus propios números
Si el dueño no puede explicar con sus cifras cómo gana plata su empresa, el problema no es de él: es de cómo está armada la información.
Preguntas así a veces destapan algo más grande. Nos ha pasado dos veces, en empresas distintas y
con contadoras distintas: apenas empezamos a pedir información y explicaciones, renunciaron, y
detrás apareció una contabilidad que no aguantaba la revisión. Adónde llegó ese hallazgo en uno de
los dos está contado en el caso del negocio de hamburguesas.
El punto de esas historias no es la contadora. Es que una contabilidad que no puede responder
preguntas básicas puede estar tapando un proceso roto. Paola Faccini lo dice de frente: lo que le
indigna no es el empresario con muchos Excel que no logra consolidar, eso es normal; es el contador
que mantiene la información desordenada y mal clasificada y se aprovecha de que el empresario no
entiende porque no tiene quién lo confronte.
¿Qué hacemos para corregirlo?
Lo primero es el diagnóstico: analizamos a fondo la contabilidad, reclasificamos las cuentas que
estaban mal ubicadas y auditamos el proceso administrativo y contable que las produjo. De ahí sale
el retrato de qué está mal.
Después viene arreglar el proceso, porque leer bien una vez no sirve si el mes entrante la
información vuelve a salir mal. No hay ejercicio financiero cuerdo sin modificar procesos, abrir
debates y cambiar formas de hacer las cosas, y esos procesos previos van primero. Hasta dónde llega
el rediseño depende de lo que se encuentre en cada empresa: puede quedarse en el procedimiento y
los soportes, o llegar hasta la herramienta con la que se registra y hasta quién lo registra.
Cuando la información ya cuenta la verdad, leemos los números y le entregamos a la gerencia lo
que llamamos las tres visuales: cómo la ven los terceros, cuál es la realidad de la
operación, y cuál es la verdadera planeación fiscal en función de lo que
la empresa necesita para crecer. Son tres lecturas de los mismos números, cada una con un
propósito distinto, y llegan en ese punto del trabajo, no al principio.
Una precisión sobre el alcance: entramos a fondo en la operación, pero actuamos como terceros y no
la ejecutamos. Aun en el rediseño más hondo, quien opera el negocio sigue siendo el cliente.