La primera la vivió Julián, con el cargo encima.
Yo fui director financiero de una empresa, que por no pagar renta, todos los años pasaban cuentas de cobro enormes.
Eso lo aconsejaba el contador y se presentaba como estrategia, pero era una decisión
contable disfrazada. El costo apareció en el momento difícil: la empresa no tenía
capacidad de endeudamiento.
La segunda escena es la que le puso la vara al oficio. Siendo director financiero en una
PYME, Julián presentaba análisis, proyecciones y diagnósticos, y la respuesta constante de
la gerencia era la misma: muy lindo, pero cómo nos da más plata esto. De ahí sale una de
las reglas que nos ordenan: si no estamos generando valor, no estamos en el ejercicio.
Paola llega al mismo lugar por otro camino. El dueño de una PYME es la parte técnica
del negocio, quien más conoce su producto, y debe estar en la producción y en la venta, no
hundido en papeles administrativos, cumplimiento tributario y requisitos de personal.
Cuando se pierde ahí, deja de apasionarle su negocio y termina lleno de pendientes que no tienen que
ver con su misión.
Paola lo ha oído muchas veces de los dueños, contado como una lista de sombreros que se ponen en un mismo
día: el de abogado, el de tesorero, el de auxiliar contable. Ninguno de esos es el suyo.
Esa distinción también ordena cómo nos relacionamos con el contador, y conviene decirlo
sin ambigüedad: no es una pelea de gremios. Es una diferencia de función: el contador
muestra la foto de lo que pasó y las finanzas ayudan a presupuestar y planear el futuro.
Los contadores son parte fundamental del equipo, y su trabajo es pensar contable, fiscal y
tributariamente, no estratégica y financieramente. Una PYME necesita las dos funciones.